
Eichmann en Caracas, Eva en el futuro
Eichmann se veía a sí mismo como víctima del sistema nazi. Hoy, hay comunicadores, políticos y empresarios en Venezuela que hacen lo mismo mientras sirven a la dictadura.
A mis hijos
Y a quienes nos preguntarán dónde estuvimos mientras obraba el mal en Venezuela
Estas líneas podrán incomodar a algunos. Soy consciente de ello. Aún así, avanzo en la escritura. Me interpela el presente y me inquieta el futuro. Estoy convencida de lo siguiente: recuperaremos la democracia y la libertad dejará ver los horrores de nuestro tiempo. Persecusión, tortura, cárcel, exilio, terror, muerte y más. Y, en ese momento, nuestros hijos nos preguntarán: ¿Cómo pasó? O, lo que es peor: ¿Cómo lo permitimos? En estos párrafos me aventuraré a reflexionar sobre ello. Estaré lejos de agotar el tema. Serán ideas sueltas, agrestes e inconclusas… una traducción de los momentos que nos han tocado vivir.
I.
Adolf Eichmann diseñó los campos de extermonio y contribuyó con el asesinato de millones de judíos. Después de la guerra, logró escapar y se escondió en Argentina. Cambió su identidad y vivió en libertad hasta que la Mossad lo encontró, lo atrapó y lo llevó a Israel. En 1961, protagonizó uno de los juicios más importantes de la historia de la humanidad. El evento convocó a la prensa mundial. The New Yorker envió a Hannah Arendt para darle cobertura. La autora viajó a Tel Aviv y escribió una serie de crónicas que posteriormente fueron recogidas en: “Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal” (1963).
Sus artículos fueron tan extraordinarios como polémicos. Para sorpresa de muchos, su pluma no dibujó a un monstruo. Sus palabras describieron a un pelele de conciencia torcida que había servido al mal desde la burocracia del Estado alemán. Quien se sentó en el banquillo de los acusados era aparentemente racional. Con voz pausada y sin aspavientos, reconoció su participación en los crímenes de lesa humanidad; no mostró remordimiento alguno. Por el contrario, se esmeró en explicar los detalles técnicos que lo llevaron a participar en el genocidio y mientras lo hacía, buscaba la compasión de los oyentes. Insistió en su inocencia. Alegó que cumplía órdenes y que trabajaba bajo presión.
Desde su perspectiva, él era la verdadera víctima. En su interior, los afectados no fueron quienes murieron en la cámara de gas. Él era la víctima del régimen y de la falta de empatía de quienes lo rodeaban. Él no se reconocía como un asesino. Entendía que él fue el verdadero perjudicado de un sistema que lo obligó a hacer tareas que le incomodaban y que le suponían esfuerzos. De algún modo, esperaba que la audiencia dijera: “Pobrecito, sufrió tanto matando judíos”… de esta autopercepción perversa surgió el término “banalidad del mal”, que describe ese momento en el que la conciencia se tuerce y participa del mal con desdén y ligereza.
II.
Hace unas semanas, vi “La intérprete del silencio” (2024). Una miniserie alemana inspirada en el juicio que se le hizo a quienes dirigieron las operaciones de exterminio en Auschwitz. La protagonista del relato es Eva Bruhns, una joven que descubre las verdaderas dimensiones del nacional socialismo mientras traducía los testimonios de sus víctimas. No quiero hacer spoiler. Quiero animarlos a verla. Pero me detendré en una secuencia que puede contribuir a esta reflexión.
En determinado momento, la protagonista descubrió que vivió en el campo de exterminio. El juicio despertó las memorias de su temprana infancia. Recordó que, siendo una niña, vivió en las instalaciones de Auschwitz. Su padre era el barbero de los funcionarios del régimen y su madre se dedicaba a la crianza de las niñas.
Removida de dolor, increpó a sus padres sobre lo ocurrido. Les preguntó: ¿Cómo pudimos vivir ahí? ¿Por qué no hicieron nada?… la respuesta de sus padres fue elocuente y devastadora. Su madre le dijo: “Fueron los años más felices de nuestra vida familiar. En medio de la guerra, estábamos juntos y vivíamos bien. Yo las cuidaba y tu papá trabajaba…”. Después, el padre agregó: “No podíamos hacer nada… nos hubiesen matado”. Después del intercambio, Eva se fue de su casa. No sin antes decir: “hubiera preferido morir que cargar con la culpa y la vergüenza de haber sido parte de lo que pasó”.
III.
No en pocas oportunidades me he encontrado con Eichmanns en Caracas. Me he topado con personas que -de alguna manera y en alguna medida- participan y se benefician del mal que nos acosa, mientras reclaman con vehemencia nuestra compasión. Los he visto en la academia, en la política, en las iglesias, en el mundo empresarial, en los medios de comunicación, en la comunidad internacional… es un tipo humano que lamentablemente existe en nuestro país.
Hace unos días, tropecé de nuevo con esta realidad y me animé a escribir estos párrafos. Tengo un amigo que es un gran periodista. Quizás, el mejor de mi promoción. Siempre ha destacado por sus juicios agudos. Como ocurre con los mejores, la dictadura lo silenció. Poco a poco, fue sacando su voz de la radio y de la televisión… hoy está limitado a sus redes sociales y a algún artículo de opinión. El precio de su firmeza ha sido el ostracismo profesional. Sin duda, aferrarse a los principios que aprendimos en la universidad le ha significado grandes sacrificios.
Hablamos con frecuencia. Recientemente me comentó que conversó con un colega que tiene un espacio en horario estelar. Con cierto pesar, este ancla le comentó que los espacios para la política se han cerrado por completo. Se quejaba de la censura y resentía que su programa, antes destinado a estos contenidos, ahora se dedica a otros. Junto a esta consideración, añadió lo siguiente: “Los últimos tres años han sido mis mejores años en términos económicos… tengo muchos clientes”.
Esta anécdota me recordó a Eichmann. Al igual que el burócrata nacionalsocialista, este periodista tiene plena conciencia del mal del que participa. Entiende que, consentir frente a la censura y abrir micrófonos a una realidad que solo conviene a quienes pretenden someternos, contribuye con el funcionamiento de la dictadura. De esta manera, su conciencia se tuerce y construye relatos que buscan justificar sus decisiones.
Además, este periodista ansía lo mismo que Eichmann. Espera que nos compadezcamos de él y que juzguemos positivamente su habilidad para permanecer en el aire. Anhela que digamos: “Pobrecito, se ve obligado a callar”; “Qué duro debe ser entrevistar a este analista que miente”; “Qué difícil debe ser dejar de informar”… todo esto, mientras se ve “obligado” a llevar una vida de privilegios con el patrimonio que ha construído sobre el cadáver profesional de los colegas que el régimen se ha encargado de enterrar.
Sin advertirlo, este periodista se ha entregado a la banalidad del mal. Y no es el único. A diario veo a políticos, académicos, empresarios, representantes de las iglesias y miembros de la comunidad internacional que se entregan a esta dinámica perversa. Políticos que pactan con el régimen y esperan que celebremos su audacia. Empresarios que se lucran de mala manera y ambicionan pleitesía. Académicos que pierden el sentido crítico y ansían que los citemos. Analistas que tuercen la realidad y aspiran a que no los critiquemos… Una élite del país -si es que queda alguna en pie- que pasó del “doblarse para no partirse” al “desdibujarse para disfrutar”.
Paradójicamente, junto a este hombre desvaído y pusilánime, se despliega otro diferente. Vuelven a crecer juntos el trigo y la cizaña. Líderes sociales que levantan su voz; políticos que escogen el exilio, la clandestinidad o la cárcel; empresarios que no ceden ante las tentaciones materiales; sacerdotes que acompañan a su grey; periodistas que dicen la verdad; académicos que no se callan… detrás del mal hay un país que enardece a quienes optaron claudicar. Un país que interpela sin estridencias. Es esa Venezuela que observa y juzga… nuestra reserva moral.
Soy consciente de la dureza de mis palabras. Lo advertí al inicio de esta reflexión. El futuro me inquieta. Ocurre que la cercanía con la tragedia aligera el juicio y acrecienta los grises. El calor de los hechos permite ver detalles que atenúan las responsabilidades personales y colectivas. Pero, inevitablemente el tiempo pasará. El futuro disipará esos matices y las nuevas generaciones juzgarán con rigor el pasado del cual serán herederos. En democracia, desaparecerán los Eichmanns y aparecerán las Eva Bruhns. En libertad veremos con claridad; el futuro nos preguntará dónde estuvimos mientras obraba el mal en Venezuela. Preparémonos para ese momento. La historia camina para allá.