Dēmos y Kratos

Ser demócrata significa defender la libertad sin dobles varas. No importa si la autocracia es de derecha o de izquierda. Quien persigue, reprime y censura es enemigo de la democracia.

I. La crisis de la democracia

Vivimos tiempos oscuros para la democracia. Lo que alguna vez se erigió como el sistema inobjetable de gobierno para buena parte del mal llamado “mundo occidental” tras la caída del Muro de Berlín, hoy enfrenta una crisis global, atacada desde múltiples frentes. En los extremos del espectro político, el wokismo de izquierda y la derecha identitaria han debilitado el sistema republicano, transformando problemas reales en armas de división y manipulación. La democracia, el único sistema que garantiza la libertad, el respeto a los derechos humanos y la igualdad ante la ley, está bajo asedio.

Esta crisis no se ha gestado de la nada. Como señala Anne Applebaum en Autocracia S. A.: Los dictadores que quieren gobernar el mundo, los regímenes autoritarios han aprendido a cooperar para socavar la democracia desde dentro. Mientras tanto, las instituciones democráticas, enormes e ineficaces, van diez pasos atrás. Por otro lado, en El ocaso de la democracia, la misma autora explica cómo el populismo y el autoritarismo han encontrado eco en sociedades desilusionadas con el sistema democrático. Las democracias, por tanto, ya no caen solo por golpes de Estado, sino también por el debilitamiento de sus instituciones, la pérdida de confianza en el sistema y el auge de liderazgos que, con discursos seductores, erosionan los principios republicanos desde dentro.

En estas líneas, busco reflexionar sobre el estado actual de la democracia en el mundo, el auge de los autoritarismos y el papel de los extremos políticos en su deterioro —y hago énfasis en «los extremos», pues el problema no es la izquierda o la derecha, sino la izquierda cuando es hipócrita y autoritaria y la derecha cuando es dogmática y antiliberal. También intento responder (y responderme) qué pueden hacer quienes aún creemos en la libertad y en un sistema que, con todos sus defectos, sigue siendo el mejor garante de la dignidad humana. Aquella que se valora poco hasta que se pierde. Y lo digo como venezolano que, desde niño, vio cómo se perdía primero la democracia, luego la libertad y, por último, la República. Todas ellas las seguimos buscando. Y no es sencillo rescatarlas.

II. De la hegemonía democrática al ascenso del autoritarismo

Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, parecía que la consolidación definitiva de la democracia liberal como modelo a seguir no tenía vuelta atrás. Francis Fukuyama proclamó en El fin de la historia que habíamos llegado a la cúspide de la evolución política. Sin embargo, casi cuatro décadas después, la realidad es distinta: el autoritarismo avanza sin frenos y, en algunos casos, con una preocupante e inquietante aceptación.

Según el Democracy Index de The Economist, en 2023 solo el 7,9% de la población mundial vivía en una democracia plena, mientras que más del 40% de los ciudadanos del mundo está sometido a regímenes autoritarios. Es cierto que nunca hubo una mayoría mundial viviendo en democracias plenas, pero también lo es que la tendencia hoy es clara: los autócratas han aprendido a disfrazar su poder bajo fachadas democráticas, usando las instituciones para perpetuarse en el poder. Los niveles democráticos son los peores en muchos años. En Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt detallan cómo líderes electos con discursos populistas han degradado las instituciones desde adentro, restringiendo libertades en nombre de la estabilidad o la justicia social.​

Ejemplos sobran. En Rusia, Vladímir Putin no solo reprime a la oposición, sino que ha moldeado un sistema que garantiza su permanencia indefinida en el poder. En China, Xi Jinping eliminó los límites a su mandato, consolidando un modelo de control absoluto que, bajo el manto de su poderío económico, encuentra pocos críticos en el mundo. América Latina también es testigo del declive democrático: en Venezuela, la tiranía de Nicolás Maduro se aferra al poder mediante fraude, represión y colusión con el crimen organizado, mientras que en Nicaragua, Daniel Ortega ha eliminado cualquier resquicio de oposición.​ El padre ideológico de ambos, Cuba, sigue oprimiendo a sus ciudadanos mientras intenta sortear un nuevo “período especial”, pues siete décadas de la romantizada “revolución socialista” no lograron dar comida, prosperidad ni luz… en ningún sentido.

III. Los extremos que erosionan la democracia: wokismo y derecha identitaria

El debilitamiento de la democracia no ha sido solo obra de los autócratas. En las democracias occidentales, dos extremos han tomado el control del discurso público: el wokismo de izquierda y la derecha identitaria. Ambos se presentan como defensores de la libertad, pero en realidad atentan contra ella.​

Como explica Alejo Schapire en El secuestro de Occidente, el wokismo ha convertido la política en una caza de brujas moral, donde cualquier disidencia es castigada con ostracismo. La cancelación y la censura se han convertido en herramientas para imponer una visión única de la realidad, atacando la libertad de expresión y fragmentando las sociedades. Y todo ello ocurre con una profunda hipocresía:

  • Dicen defender a la mujer, pero callan sobre las presas políticas en Venezuela, las mujeres silenciadas en Irán o las jóvenes israelíes violadas y torturadas.
  • Dicen defender a la comunidad LGBTIQ+, pero levantan las banderas de Hamás, que asesina a los gays solo por ser gays, o llevan camisetas del “Che” Guevara, quien creó campos de concentración para homosexuales.
  • Dicen odiar las dictaduras, pero nunca condenan a Venezuela, Cuba, Nicaragua o Rusia.

Este fenómeno ha provocado una reacción igual de radical: el ascenso de la derecha dura, que responde con un nacionalismo excluyente y medidas que también atentan contra la libertad individual. En esta narrativa, el enemigo es el extranjero, el migrante.

Estos extremos han fabricado divisiones artificiales que han erosionado la confianza en la democracia. Se ha perdido la capacidad de debatir sin recurrir a la demonización del adversario y, en ese clima polarizado, los populistas autoritarios prosperan.

IV. La instrumentalización de la democracia y la libertad

La palabra «democracia» ha sido utilizada y manipulada por diversos actores que, en realidad, no la practican genuinamente. Esta hipocresía se manifiesta en líderes y movimientos que, bajo la bandera de la democracia y la libertad, implementan políticas autoritarias y excluyentes.

Se han banalizado conceptos fundamentales: «fascista», «dictador», «genocida». Se lanzan etiquetas a la ligera y, por lo general, cuando estas sí corresponden, no se dicen. Lo mismo ocurre con la palabra “libertad”, tan mentada hoy y tan poco practicada por quienes la profesan.

Es fundamental desenmascarar estas prácticas y reivindicar una defensa auténtica de los valores democráticos. Sin dobles varas. Sin eufemismos.

V. La lucha por la democracia: ¿qué hacer?

El compromiso con la democracia y la libertad no puede ser circunstancial ni condicionado por las tendencias políticas del momento. Aun cuando gran parte del mundo —o al menos sus élites— parezca transitar en sentido contrario, es imperativo sostener su defensa con firmeza y claridad. La democracia no es solo un sistema de gobierno, sino un principio esencial para la dignidad humana y el desarrollo de sociedades justas. Frente a las amenazas que la acechan, tanto desde el autoritarismo como desde la confusión moral, el deber de quienes creemos en ella es asumir un rol activo y consciente en su resguardo.

La lucha de Ucrania contra la agresión imperialista de Rusia es un recordatorio de lo que está en juego cuando la fuerza bruta se impone sobre el derecho. Apoyar a Ucrania no es solo una cuestión de solidaridad con un pueblo que resiste heroicamente una invasión; es también un acto de defensa propia para todas las democracias. Si el régimen de Vladímir Putin logra imponer su visión del mundo basada en la impunidad y la dominación, se abrirá la puerta a un orden internacional en el que el poder militar prevalece sobre el derecho, y en el que la soberanía de los Estados depende de la voluntad de los más fuertes. Ucrania no es una causa lejana: es la línea de defensa de un principio fundamental.

Del mismo modo, la lucha contra el terrorismo no admite equidistancias. Los crímenes de grupos como Hamás y Hezbollah no pueden relativizarse con discursos acomodaticios que buscan diluir responsabilidades. El terrorismo no es una respuesta legítima a la injusticia ni un actor más en una ecuación geopolítica: es una amenaza directa a la vida y la libertad. Los gobiernos democráticos no solo tienen el derecho, sino el deber, de combatirlo con determinación. La historia ha demostrado que la indulgencia ante la violencia extrema solo conduce a su expansión.

En el ámbito de los regímenes autoritarios, la solidaridad con las víctimas de las dictaduras no puede ser selectiva ni condicionada por afinidades ideológicas. Venezuela, Cuba, Nicaragua, Irán y Corea del Norte son ejemplos de lo que ocurre cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo y las instituciones democráticas son desmanteladas o jamás existieron. En estos escenarios, la represión se vuelve norma, la oposición es criminalizada y la sociedad es sometida a un modelo de control absoluto. Sin embargo, incluso en los contextos más adversos, hay ciudadanos que resisten, que alzan la voz, que arriesgan su vida por un futuro distinto. Lo vimos el 28 de julio en Venezuela. Es a ellos a quienes debemos apoyar con todos los recursos disponibles, porque su lucha es también la nuestra.

Otro frente crucial en esta batalla es la defensa de la libertad de expresión. La cultura de la cancelación y la censura, venga de donde venga, socava los principios esenciales de la democracia. La imposición de dogmas inamovibles, el silenciamiento de voces disidentes y la penalización de la opinión constituyen formas de autoritarismo encubierto. Una sociedad libre se construye sobre el debate abierto, la confrontación de ideas y la posibilidad de cuestionar el poder sin temor a represalias. En tiempos de creciente intolerancia, defender la libertad de expresión es más urgente que nunca.

Finalmente, ninguna democracia puede sostenerse si sus ciudadanos pierden la confianza en sus instituciones. La deslegitimación del Estado de derecho, el descrédito de los principios republicanos y la erosión de la separación de poderes crean el terreno propicio para que el autoritarismo prospere. Recuperar esa confianza no implica negar los fallos del sistema, sino fortalecerlo mediante el respeto a las normas, la transparencia y la participación activa de la sociedad civil. La democracia no se defiende sola: necesita ciudadanos comprometidos con su preservación y perfeccionamiento.

Los tiempos difíciles exigen respuestas claras. No es momento de ambigüedades ni de concesiones con quienes buscan subvertir los valores fundamentales de la civilización democrática. En la historia, la barbarie ha avanzado cuando ha encontrado sociedades resignadas o dirigentes pusilánimes. Pero también ha sido derrotada cuando ha surgido la resistencia, cuando desde abajo la ciudadanía se organiza y, desde arriba, aparecen liderazgos que comprenden la gravedad del momento y están dispuestos a enfrentarlo. En esa disyuntiva nos encontramos. Y en esa elección, se juega el futuro de la democracia.

VI. La libertad lo es todo

En «La democracia en 30 lecciones», Giovanni Sartori relata una anécdota sobre Jean-Paul Marat y Camille Desmoulins durante la Revolución Francesa. Marat cuestionaba: «¿De qué le sirve la libertad política a quien no tiene pan? Sólo resulta útil para los teóricos y los políticos ambiciosos». Sartori, ante ello, dice: La pregunta era sensata, pero la respuesta era inadecuada. Desmoulins pronto lo descubriría en carne propia, porque fue guillotinado. Es verdad que la libertad no da pan. Que no le interesa a quien tiene hambre es casi igual de cierto (aunque no del todo, porque la libertad por lo menos permite reclamar), pero si el pan lo es todo para quien no lo tiene, se vuelve insignificante (o casi) en cuanto lo hay.

No se vive –perdón por la banalidad– sólo de pan. Por otra parte, la pregunta de Marat suscita una pregunta paralela: ¿Para qué sirve la falta de libertad a quien no tiene pan? La respuesta es la misma: Para nada. El que renuncia a la libertad a cambio de pan es sólo un estúpido. Si la libertad no da pan, es aún más seguro que tampoco lo da la falta de libertad

Renunciar a la libertad en nombre de falsas promesas de bienestar es suicida. La historia lo ha demostrado una y otra vez.

La  democracia nunca ha sido un regalo ni una garantía perpetua. Siempre ha debido ser defendida, a menudo con gran sacrificio. Hoy, en un mundo que avanza peligrosamente hacia nuevas formas de tiranía, esa defensa se vuelve más urgente que nunca. No hay espacio para la resignación. Como decía Albert Camus, “la única manera de lidiar con un mundo sin libertad es volverse tan absolutamente libre que tu propia existencia sea un acto de rebelión”.

Dēmos y Kratos. Que el poder siga en manos del pueblo. Y que nunca dejemos de luchar por ello.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.